Creo que el título de esta entrada del blog es bastante obvio como para
tener que dar más explicaciones. Hoy vamos a hacer un repaso de los estándares
de limpieza en Holanda, concretamente en el sector de la hostelería y restauración.
Más concretamente vamos a hablar de la ausencia total de dichos estándares.
Antes de venir a Utrecht yo fiel a mi costumbre ya me había leído unos
cuantos blogs sobre Holanda y la vida aquí y en ellos se repetía una constante:
la mala calidad del servicio. En un principio yo imaginaba que se trataba
principalmente del trato de los camareros, lo solícitos que eran y demás
aspectos tan importantes en este sector. Lo que nunca pude imaginar es que la
baja calidad del servicio en Holanda iba a extenderse a las medidas de limpieza
en sus restaurantes.
Porque si, disculpadme el lenguaje, pero los camareros en los bares
holandeses son más guarros que la Pacheca que no tengo ni idea de quien era,
pero debía ser una mujer muy marrana para haber pasado a formar parte de las
expresiones populares de España. Pero claro, no puedo afirmar tal cosa si no
pongo algún ejemplo de a lo que me refiero. El primer ejemplo serán las migas.
Es la constante que te encuentras en cualquier mesa disponible en Utrecht. Y no
me refiero a las migas que te encuentras cuanto te sientas en una mesa que se
ha quedado libre 5 segundos antes. No, señores, me refiero a la miga añeja, de
reserva. La que probablemente lleve lo mínimo 8 horas macerando en la mesa. Y
no creáis que según te sientas llega el camarero de turno con el trapo
(repasador para mis lectores del cono sur) y libera la mesa de las molestas
migas, no. Hay que llamarle expresamente para que las quite y limpie la mesa.
No suelen poner ningún problema, pero no creáis que limpian la mesa entera. No,
se limitan a limpiar solamente la superficie afectada por la población de
migas.
Luego tenemos las mesas de la universidad. No sé muy bien como
describirlas, pero estoy seguro que la cantidad de desperdicios de comida que
los cívicos estudiantes dejan en las mesas de uso común podrían dar de comer a
50 familias al año. Las mesas parecen el desvarío de un pintor contemporáneo
que ha decidido experimentar con mayonesa, aceite y vinagre en lugar de pintura
sintética al más puro estilo Pollock.
Pero me he reservado lo mejor para el final queridos lectores, la guinda
del pastel, la demostración definitiva del pasotismo e insignificante papel de
las medidas de higiene en el día a día del holandés medio. Necesito que cerréis
los ojos e imaginéis conmigo. 6 de la tarde de un sábado en una terraza de
Utrecht mientras el sol se pone. M. y yo disfrutábamos de una cerveza en
nuestra mesa alargada llena de sus correspondientes migas y restos de diversos
aderezos gastronómicos para el disfrute de los perros que rondan las mesas. A
esto vemos que en la mesa de enfrente hay una pareja joven con un carrito de
bebé. Observamos que la madre alarmada por los efluvios que salían del carrito
levanta a la criatura, le huele el culo cuan perro de aduana y determina que el
niño necesita un cambio…efectivamente, pasó lo que imagináis.
Ni corta ni perezosa, la madre tumbó al bebe en la mesa ignorando
completamente la suciedad de la misma, le limpio todo el culo a escaso metro y
medio de nuestra cara y acto seguido le cambió el pañal sin darse cuenta de
nuestros rostros ojipláticos.
Solo sé que como algún holandés tenga la desfachatez de venir a decirme que
en el sur de Europa somos unos guarros pienso limpiar las migas y la mierda de
la mesa más cercana con su cara.
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